Enrique Matesanz
El pasado mes de enero nos dejó, a la edad de 89 años y con una treintena de películas a la espalda, otra leyenda del cine, otro Gran Maestro del séptimo arte.
Autor literario, guionista y realizador, Éric Rohmer (Jean-Marie Maurice Scherer era su verdadero nombre) formó parte indisoluble, junto a otros grandes nombres propios del cine francés como François Truffaut, Jean-Luc Godard o Claude Chabrol, entre otros, del fundamental grupo de cinéfilos -todos ellos críticos y redactores de la revista especializada Cahiers du Cinéma (Cuadernos de Cine), fundada por André Bazin en 1951- que se lanzaron a finales de los años 50 a la realización de películas, dando pie al nacimiento de lo que se denominó la “Nouvelle vague” (Nueva ola). Los nuevos realizadores tomaron como punto de partida la contraposición hacia los anquilosados esquemas que el cine francés imponía hasta ese momento, el llamado “Cinéma de qualité” (Cine de calidad), reclamando la libertad de expresión, la independencia de la producción cinematográfica y el abandono de un cine exclusivamente literario en favor de otro más visual y realista. Tras lograr hacerse un importante hueco en la industria cinematográfica, estos cineastas nunca dejaron de producir un cine muy personal, alejado de las modas y la comercialidad.
El concienzudo empleo del plano general, la búsqueda del realismo desde la austeridad más absoluta y el minimalismo formal, y la exploración de la conducta humana, las relaciones personales y el amor, caracterizó profundamente la obra de Rohmer, siempre impregnada de naturalidad, frescura y sencillez tanto en el plano narrativo como en el técnico. Su primer largometraje, El signo de Leo (1959); Mi noche con Maud (1969) y La rodilla de Clara (1970), pertenecientes a la serie de los seis Cuentos morales; Pauline en la playa (1983), de la serie de sus seis Comedias y proverbios; sus famosos Cuentos de Primavera (1990), Invierno (1992), Verano (1995) y Otoño (1998); o su última cinta, El romance de Astrea y Celadón (2007); son algunos de los títulos indispensables de su cinematografía.
El concienzudo empleo del plano general, la búsqueda del realismo desde la austeridad más absoluta y el minimalismo formal, y la exploración de la conducta humana, las relaciones personales y el amor, caracterizó profundamente la obra de Rohmer, siempre impregnada de naturalidad, frescura y sencillez tanto en el plano narrativo como en el técnico. Su primer largometraje, El signo de Leo (1959); Mi noche con Maud (1969) y La rodilla de Clara (1970), pertenecientes a la serie de los seis Cuentos morales; Pauline en la playa (1983), de la serie de sus seis Comedias y proverbios; sus famosos Cuentos de Primavera (1990), Invierno (1992), Verano (1995) y Otoño (1998); o su última cinta, El romance de Astrea y Celadón (2007); son algunos de los títulos indispensables de su cinematografía.




