De aquí a la eternidad, mayo 2011

Sydney Lumet (1924-2011)

Un joven director de 87 años

  • Doce hombres sin piedad
  • Antes que el diablo sepa que has muerto

Javier Matesanz

Debutar con “12 hombres sin piedad” (1957) merece una reverencia. Y clausurar una trayectoria de 50 años y 47 películas con “Antes que el diablo sepa que has muerto” (2007) debe celebrarse con una interminable ovación para despedir a un cineasta que se ha ido en su mejor momento, porque nadie hace un film como éste en horas bajas.

Y es que Sydney Lumet era a sus 87 años más joven (creativamente hablando, por supuesto) que la mayoría de los pipiolos que intentan reinventar Hollywood con sus sofisticados maquillajes digitales. Pocos directores son capaces de imprimir el vigor y la contundencia dramática que el autor de “Serpico” vertía en sus fotogramas. Y sin estridencias ni aspaviento alguno. Con oficio, solidez narrativa y un sentido del ritmo y de la contención emocional, que moldeaba las emociones a su antojo, manejando con habilidad magistral los estados de ánimo tanto de los personajes como de los espectadores. Y son un buen ejemplo los tres títulos mencionados hasta el momento, todos ellos con un calado emocional y una enjundia psicológica más que notable. Pero la lista es mucho más extensa. Atención a los tres títulos encadenados a mediados de los setenta: “Tarde de perros”, “Network, un mundo implacable” y “Equus”. Impresionante. A parte de ser un visionario que se adelantó en varias décadas al filón dramático del sensacionalismo televisivo de los realitys. De hecho es bien extraño, casi incomprensible, que aún nadie haya hecho un remake de “Network”.
Magnífico director de actores (sólo comparable a Woody Allen si atendemos a las nominaciones al Oscar obtenidas por los intérpretes de sus films), Lumet será recordado sobretodo por ser un cronista social, que tras la fachada del cine de género, retrató la sociedad de su época y nos avanzó con sus decadentes y ásperas “profecías realistas” lo que se nos venía encima. Una larga etapa de mediocridad marcada por la pérdida de valores, el sensacionalismo y el individualismo que hoy nos empobrece como personas y como ciudadanos. Y tal vez ese fue su “Veredicto final” (1982). Lo dicho, un visionario, que seguramente por eso casi nunca hacía comedias.
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